Hoy, Don Alejandrito está intranquilo y hasta cierto punto disgustado por el malestar de un buen amigo del barrio de San Lorenzo. “Estoy hasta las pelotas(con perdón) de los ruidos en mi barrio de toda la vida”. El cabreo es ostensible en la amistad entrañable de Don Alejandrito, quien, conciliador, le transmite calma y serenidad por sus cuitas.“No hay quien aguante este verano, esto es peor que aquellas terribles inundaciones de los años sesenta que tuvimos que mudarnos a la Puebla Vieja” le responde enfadado.
Recuerda al respecto Don Alejandrito, que efectivamente, está hasta cierto punto razonado el cabreo de su amigacho de toda la vida, porque, después de adjudicarse las obras, hace tres años y un par de meses, sucede un “nosequé” con el acta de replanteo y han de pasar 365 días tres veces, con una nueva Corporación, para que empiecen las obras. Las llamadas a la calma del sabio y veterano pejino no tranquilizan a su amigo que, elevando el tono de voz, apostilla: ”encima, en verano, con precipitación e improvisación y un poco de alevosía”.Y añade que “convocaron una reunión vecinal cuando faltaban escasamente tres días para las obras, en una especie de «quedabien», una pantomima, ya que debió de desarrollarse este encuentro con una mayor antelación para aportar sugerencias, incluso para decir que hubiera sido mejor que pasara el verano, pero ya era inmediato el desfile de excavadoras, picos y palas que los teníamos en casa como quien dice”.
A estas alturas de la conversación, ya Don Alejandrito más que rogar templanza la suplica, con su tono de moderador acentuado, pero de nada sirve que implore a su amigo, porque éste cada vez está más embalado, elevando su tono de voz: “no hay quien duerma en casa, y para mayor cachondeo me han colocado los contenedores de la basura debajo del baño de casa y los ruidos desde el anochecer son incesantes, la tapa del contenedor con su constante tic-tac como si fuera un reloj y a las once de la noche y a las seis de la mañana el camión de la basura para amenizar más la interminable sesión musical nocturna y vespertina”. El tema de los ruidos se alarga en la versión del entrañable amigo de Don Alejandrito, que argumenta que el estado de la carretera entre Pelegrín y San Lorenzo hace todavía más sonora la circulación de los vehículos en el entorno:”no hay dios que duerma”. Cuando más sosegado parecía el diálogo surge el asunto de los olores:”Con los contenedores a metros de nuestros baños ya no hace falta ni cagar que el olor a colonia de lavanda lo tenemos gratis por gentileza del Ayuntamiento”.
El amigo de Don Alejandrito no entiende a este Ayuntamiento: ”más de veinte años los contenedores junto a la pared divisoria con el cuartel de la Guardia Civil, a la otra parte de la carretera de entrada en el barrio y ahora que necesitan recolocarlos en esta zona por las obras, nos los plantan debajo de casa, quitando aparcamiento y proporcionando ruidos y perfume oloroso”. Pone especial énfasis el interlocutor del ilustrado laredano en el olor a putrefacción proveniente del polígono industrial, ya habitual en este entorno, que se ha acentuado ahora con la apertura de zanjas en uno de los tramos del Pelegrín, mostrándose sarcástico:”ahora como carajones río abajo, perfume embriagador gratis, qué mal huele, señores”. Y a vuelta con los contenedores; “no hay fuste, no piensan, mire, Don Alejandrito, con lo fácil que hubiera sido ponerlos otra vez donde estuvieron muchos años, como mal menor, pero, nada, si hay que jorobar, hay que jorobar”.
Sin embargo hay algo más que le han molestado a la amistad de Don Alejandrito: ”si han pasado más de tres años para hacer estas obras, podían haber esperado a que pasara la fiesta de nuestro San Lorenzo, porque estamos como bloqueados, con zanjas, agujeros, por aquí y por allá y, luego vaya usted a saber cómo queda todo esto, porque las obras de este Ayuntamiento son como una especie de lotería que siempre toca, pero para mal…si es una chapuza más, que nos hubieran dejado celebrar la fiesta como todos los años, coño”.
Al final, se impone la madurez y prestancia de Don Alejandrito que calma del todo a su amigo, en el momento que este bisbisea, con un poco de mala leche, aquel estribillo de “es que no piensan, es que no dan ni una…”, pidiéndole que tenga un detalle el día del santo patrono: ”mira, me invitas a tu casa a unos buenos jibiones del Abra en su tinta y tan amigos, que todo pasa en esta vida y no es bueno enfadarse.”. De acuerdo Don Alejandrito, hasta el lunes.


















