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El “horror vacui” se instala en el ayuntamiento de Santoña

Por Pedro Linares García , Presidente De La Asociación En Defensa Del Patrimonio De Santoña | 06/12/2018

 

Por medio del urbanismo se puede contribuir a mejorar las condiciones de vida de las comunidades, también a solucionar los problemas detectados en el espacio habitado. De hecho, cualquier aficionado al urbanismo sabe que todo planteamiento urbano suele tener presente el lugar y las condiciones del suelo y climatológicas. También debe contemplar  el contexto histórico, cultural y natural en el que se va a intervenir,  contemplando además, las posibles medidas de conservación de los elementos singulares que aparecen en el lugar. Y por último  se debe elaborar un programa de necesidades, escalas y proporciones razonadas y razonables.

Pues bien, vengo observando en estos últimos años como estos principios básicos son ignorados cuando se interviene en algunos espacios públicos y que, muchas veces, se remodelan plazas y calles con la disculpa de ganar zonas para el disfrute ciudadano cuando, en realidad,  sólo sirven para justificar abultados presupuestos con gasto innecesarios, sobrecargando  los   espacios públicos con multitud de elementos, públicos y  privados, que en muchos casos son claramente invasivos o inapropiados y de muy pobre concepción estética.

Un recargamiento que ya  Mario Praz (crítico de arte), definió como “Horror vacui” (en latín «miedo al vacío») con sentido artístico. El término define las obras desordenadas, sobrecargadas y caóticas. Un buen ejemplo de estas prácticas lo encontramos hoy en la remodelada plaza de la Villa de Santoña. Una plaza que ha perdido su carácter y su esencia, pues solo conserva  la fachada del antiguo ayuntamiento, edificio que incluso  llego a ser cuartel general de las tropas napoleónicas. Pero ¿a quién le importa la historia teniendo, como tenemos, un amplio catálogo de banalidades con las que poder tapar todas nuestras vergüenzas al más puro estilo de los platós de los “reality show”?

Los griegos definían el «miedo al vacío» con la palabra “cenophofia”, para referirse al sufrimiento que sienten algunas personas por los espacios vacíos. Generalmente lo sufren aquellas que no han podido cultivar su espíritu y  lo que es peor,  los que no han querido cultivarlo, por lo que, en ocasiones, esta estética denota desconocimiento o soberbia, según se mire. Pero también el recargamiento es empleado con una clara intención de impresionar o de mentir. Si tus ideas son buenas no hace falta enmascararlas. Si tu política es buena, no hace falta ocultarla tras un  sin fin de bolardos, múltiple e innecesario mobiliario, fuentes de colores y ruidosos inaugurales  juegos de mapping. Y para rematar la horterocrática actuación, se  pinta  un mural de mala calidad, de la antigua plaza, para que podamos recordar cómo era la histórica la plaza de la Villa.

 

La gente, sin espíritu estético, suele despreciar el vacío porque delata la verdadera esencia de nuestros actos. El vacío es el contenido más esencial, pues  da importancia al mensaje principal: cuando un diseño urbano se disfraza con multitud de objetos, es que el diseño es malo.

En otros tiempos se decía: la Naturaleza tiene horror del vacío; sin embargo en el siglo XXI, con el “consumismo” desbocado, es preciso que las instituciones públicas y privadas transmitan el claro mensaje de que, la Naturaleza, está enamorada del vacío; necesitamos el vacío más que nunca para preservar el equilibrio natural. Pero esto, a muchas  corporaciones municipales, parece que les trae sin cuidado.  Lo mismo nos vende unas farolas led con el pretexto del ahorro energético, que nos colocan a su lado  una desproporcionada fuente de chorros de luz de un preciosismo trasnochado y con un claro  derroche energético. Todo vale con tal de cuadrar las cuentas y  complacer a los que siguen teniendo “miedo al vacío”.

El día de la inauguración de la plaza de la Villa de Santoña,  las autoridades sacaron pecho a bombo y platillo, culminando con ello una remodelación desafortunada. Con un criterio ético y estético de mal gusto, anclado en el desarrollismo de los años 60, han  transformado una plaza histórica en una auténtica cacharrería.

Pero me temo que esto es sólo el principio. En los últimos 40 años  hemos malgastado los recursos públicos y privados descuidando la educación ética y estética de nuestros ciudadanos, convirtiéndolos en personas acríticas, por lo que en algunos lugares se aprovecha esta circunstancia para destruir gran parte del patrimonio, a la vez que  se castiga con la muerte civil a los ciudadanos y asociaciones  que alzan la voz contra esta desafortunada forma de proceder. Esto es lo que se pretende hacer en este momento con algunos ciudadanos y con la Asociación  en Defensa del Patrimonio de Santoña. No obstante  seguiremos alzando la voz contra este tipo de actuaciones. La “Plaza de la Villa” de Santoña es una oportunidad perdida que esperemos se puedan revertir cuando esta ceguera urbanística desaparezca de nuestros espacios públicos. Pero, no se hagan ilusiones,  tardará en desaparecer, y si no, acuérdense de lo que ha costado acabar con la fiebre del ahora odioso y antes pretencioso gotelé. 

 

 

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